jueves, 3 de diciembre de 2009

Paul Eluard (1895-1952)



Entre algunos pocos
A Philippe Soupault
Sus ojos tienen todo un cielo de lágrimas.
Ni sus párpados, ni sus manos
Son noche suficiente
Para ocultar su dolor.

Irá a preguntar
Al Consejo de los Rostros
Si aún es capaz
De alejar su juventud

Y de ser en la llanura
El piloto del viento.
Es cuestión de experiencia :
Toma su vida por el medio.

Solos, los platillos de la balanza...

(Capitale de la douleur,1926)

Volver a una ciudad de terciopelo y de porcelana, las ventanas serán floreros donde las flores, que habrán abandonado la tierra, mostrarán la luz tal cual es.
Ver el silencio, besar sus labios, y los techos de la ciudad serán entonces bellos pájaros melancólicos, de alas descarnadas.
Amar solo la suavidad y la inmovilidad de ojo de yeso, frente de nácar, de ojo ausente, frente viva, de manos que, sin cerrarse, conservan todo sobre sus balanzas, las más justas del mundo, invariables, siempre exactas.
El corazón del hombre no volverá a sonrojarse, ya no se perderá, vuelvo de mí mismo, de toda eternidad.
(Capitale de la douleur,1926)


martes, 24 de noviembre de 2009

Yves Bonnefoy (1923)



 El Dios desconocido. Jacques Bedel. 1987.

II
Dios,
Lo que aquellos teólogos llaman Dios,
Busca. Él sabe que nada tiene, me dicen,
Reconocer, nombrar, construir,
Sabe que ni siquiera lo imagina, no lo alcanza.
Esperar,
Sabe que es más que él. Aguardar,
Sabe que es más que él,
Percibir a lo lejos, gritar,
Precipitarse con brazos abiertos, en un llanto,
Sabe que es más que él.

Y hablar,
Decir :  « Vamos, toma,
Mira, no llores,
Ve a jugar »,
Sabe que es más que él.
Decir : « Bebe »,
Inclinarse hacia el niño como quisiera hacerlo,
Pero de forma diferente,
Con manos para tocar su llanto,
Solo con la esperanza y todo el temor,
Sabe que es más que él.

Afuera, sin embargo,
Hay voces. Afuera :
« Ven, es tarde,
Acércate. » Él escucha,
Pero es lo que lo invisible, lo que la vida
Muran, en la más simple de las palabras.

Sabe que por más que
Tome una mano,
La mano no estará entre las suyas.

Dios,
Lo que llaman Dios, el sin nombre,
Busca. Lo oyen merodear
En el grito del pájaro herido, en el aullido
Del animal cautivo.

Los teólogos saben, pues,
Que Dios se les acerca
Día y noche; que se desliza en sus pupilas
Cuando abren los ojos. Se convencen de
Que quiere sus recuerdos,
Su alegría,
Que quiere despojarlos hasta de su propia muerte.

Y todo su pensamiento, toda su vida,
Consiste en rechazarlo, en decir no
A esas manos inmensas.
“Aléjate, gritan,

Aléjate en los árboles,
Aléjate en el soplo errante del viento,
Aléjate en el azul y el ocre rojo,
Aléjate en el sabor de los frutos,
Aléjate
También en el cordero trémulo del sacrificio.”

Y van bajo los árboles,
Agitan las banderolas de colores.
“Vamos, aléjate, gritan,
Ve, desespera,
Vamos, levántate, vete,
Eres el animal furtivo de corazón condenado en la noche.

Suelta la mano que tomas,
Ella tiene miedo.

Tropieza, vuelve a levantarte,
Corre, niño desnudo abrumado por las piedras.”




Les Planches courbes, Mercure de France, 2001.



viernes, 20 de noviembre de 2009

Guillevic (1907-1997)

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R0896F09.
Jacques Bedel. Buenos Aires. 2009.



El río
Entra en el mar.

Soy yo
Y eres tú.

Ascendemos,
Descendemos

Como lo hacen las olas,
Las insaciables olas.
*
Me sumerjo en ti
Y me sigo paralelo.

Eres
Mi litoral,

Tú acaricias,
Yo acaricio -

Al borde del devenir.

Le fleuve/entre dans la mer, //C’est moi/Et c’est toi.//Nous montons,/nous descendons//Comme font les vagues,/les insatiables vagues.//Je plonge en toi/Et je me suis parallèle.//Tu es/mon littoral,//Tu caresses,/Je caresse -//Au bord du devenir.//



martes, 17 de noviembre de 2009

Yves Bonnefoy (1923)















Nombre verdadero
Llamaré desierto al castillo que fuiste
Noche a aquella voz, ausencia a tu rostro
Y cuando caigas en la tierra estéril
Llamaré nada al relámpago que te llevó.

Morir es un lugar que te gustaba. Voy
Pero eternamente por tus caminos sombríos.
Destruyo tu deseo, tu forma, tu memoria.
Soy tu enemigo que no tendrá piedad.

Te llamaré guerra y me tomaré
contigo las libertades de la guerra y tendré
Entre mis manos tu rostro oscuro y atravesado
En mi corazón esa región que ilumina la tormenta.


Vrai Nom
Je nommerai désert ce château que tu fus.
Nuit cette voix, absence ton visage.
Et quand tu tomberas dans la terre stérile
Je nommerai néant l’éclair qui t’a porté

Mourir est un pays que tu aimais. Je viens
Mais éternellement par tes sombres chemins.
Je détruis ton désir, ta forme, ta mémoire.
Je suis ton ennemi qui n’aura de pitié.

Je te nommerai guerre et je prendrai
Sur toi les libertés de la guerre et j’aurai
Dans mes mains ton visage obscur et traversé,
Dans mon cœur ce pays qu’illumine l’orage.

de Du mouvement et de l'immobilité de Douve (1953)

lunes, 16 de noviembre de 2009

John Keats (1795-1821)





 














sábado, 31 de octubre de 2009

Yves Bonnefoy (1923)


Une pierre
Tout était pauvre, nu, transfigurable,
Nos meubles étaient simples comme des pierres,
Nous aimions que la fente dans le mur
Fût cet épi dont essaimaient des mondes.

Nuées, ce soir,
Les mêmes que toujours, comme la soif,
La même étoffe rouge, dégrafée.
Imagine, passant,
Nos recommencements, nos hâtes, nos confiances.

Una piedra
Todo era pobre, desnudo, transfigurable,
Nuestros muebles eran simples como piedras,
Nos gustaba que la grieta en la pared
Fuera ese torbellino donde enjambraban mundos.

Multitudes, este atardecer,
Las mismas de siempre, como la sed,
El mismo paño rojo, desabrochado.
Imagina, pasando,
Nuestros nuevos comienzos, nuestras prisas, nuestras confianzas.

viernes, 30 de octubre de 2009

Paul Verlaine (1844-1896)


 













Mi sueño familiar
Tengo siempre este sueño extraño y penetrante
De una mujer desconocida, a la que amo, y me ama,  
Y  no es, cada vez, ni del todo la misma 
Ni del todo diversa, y me ama y me comprende.

Porque me comprende, y mi corazón, transparente 
Solo para ella, ¡Ay! ya no es un problema 
Solo para ella, y los sudores de mi pálida frente 
Solo ella sabe refrescarlos, con su llanto.

¿Si es morena, rubia o pelirroja? – Lo ignoro. 
¿Su nombre? Recuerdo que es suave y sonoro 
Como los de los amados que la Vida exiló.

Su mirada es igual a la mirada de las estatuas,  
Y, su voz, lejana, y calma, y grave, conserva 
La inflexión de las voces queridas que se han callado.








martes, 20 de octubre de 2009

Yves Bonnefoy (1923)





Las tablas curvas (una aproximación)


El hombre era alto, muy alto, estaba parado en la orilla, cerca de la barca. Detrás de él, la claridad de la luna se posaba sobre el agua del río. Al menor ruido el niño que se aproximaba, completamente en silencio, comprendía que la barca se movía, contra el muelle o una piedra. En su mano cerrada guardaba la pequeña moneda de cobre.
“Buenos días, señor”, dijo con voz clara aunque temblorosa, porque temía llamar demasiado bruscamente la atención del hombre, el gigante, que permanecía inmóvil. Pero el barquero, ausente de sí mismo como parecía , ya lo había percibido, entre las cañas.
“Buenos días, pequeño", respondió. “¿Quién eres?"
-       No lo sé, dijo el niño.
-       ¡Cómo que no lo sabes! ¿Acaso no tienes nombre?
El niño intentó comprender qué podía ser un nombre. “No lo sé”, dijo nuevamente, bastante rápido.
“¡No lo sabes! ¿Pero sabes qué escuchas cuando te hablan, cuando te llaman?
-       No me llaman.
-       ¿No te llaman cuando tienes que volver a tu casa? ¿Cuando estabas jugando fuera y te avisan que es la hora de la comida o de dormir? ¿No tienes un padre, una madre? ¿Dónde es tu casa? Dime…”
Y el niño se encontraba ahora preguntándose qué es un padre, una madre; o una casa.
“Un padre, dijo, ¿qué es?”
El barquero se sentó sobre una piedra, cerca de su barca. Su voz vino de menos lejos en la noche. Pero primero había dejado escapar una especie de risita.
“¿Un padre? Bueno, es el que te sube a sus rodillas cuando lloras, y que se sienta cerca de ti para contarte un cuento cuando tienes miedo de dormirte por las noches.”
El niño no respondió.
“A veces no se tiene padre, es cierto, agregó el gigante como luego de una reflexión. Pero en tal caso, existen esas jóvenes y dulces mujeres, que encienden el fuego y los sientan cerca de él, que les cantan una canción. Y cuando se alejan es para cocinar platos y puede sentirse el olor a aceite calentándose en la marmita.
-       Tampoco recuerdo eso. Dijo el niño con su ligera voz cristalina. Se había aproximado al barquero que ahora estaba callado, escuchaba su respiración pareja, lenta. “Debo cruzar el río, dijo. Tengo con qué pagar el pasaje.”
El gigante se inclinó, lo tomó en sus vastas manos, lo subió sobre sus hombros, se enderezó y bajó a su barca, que cedió ligeramente con su peso.
“¡Vamos! ¡Tómate bien fuerte de mi cuello!”
Con una mano sostenía al niño por una pierna, con la otra, hundía la pértiga en el agua. El niño se aferró a su cuello con un movimiento brusco, con un suspiro. Pudo entonces el barquero tomar con ambas manos la pértiga y retirándola del barro, la barca abandonó la ribera, el ruido del agua se amplió bajo los reflejos, en las sombras.
Un instante después un dedo tocó su oreja.
“Oye, dijo el niño, ¿no quieres ser mi padre? Pero se interrumpió enseguida, la voz quebrada por las lágrimas.
“¡Tu padre! ¡Pero soy solo el barquero! Nunca me alejo de una orilla o de la otra del río.
-       Pero me quedaré contigo, en la orilla del río.
-       Para ser padre, hay que tener una casa, ¿entiendes? Yo no tengo casa, vivo en los juncos de la ribera.
-       ¡Me gustaría tanto quedarme contigo en la ribera!
-       No, dijo el barquero, eso no es posible. ¿Ves?
Lo que hay que ver, es que la barca parece doblegarse cada vez más bajo el peso del hombre y del niño, que crece segundo a segundo. Al barquero le cuesta hacerla avanzar, el agua llega a la altura del borde, lo sobrepasa, la corriente llena el casco, sube hasta cubrir sus largas piernas que se sienten sustraer todo apoyo en las tablas curvas. La pequeña embarcación no se hunde, más bien es como si se disipara, en la noche, y el hombre nada, ahora, con el niño que sigue aferrado a su cuello. “No temas, le dice, el río no es tan ancho, ya pronto llegaremos.”
-       ¡Por favor, sé mi padre! ¡Sé mi casa!
-       Hay que olvidar todo eso, responde el gigante, en voz baja. Hay que olvidar esas palabras. Hay que olvidar las palabras.”
Volvió a tomar con su mano la pequeña pierna, que ya es inmensa, y con su brazo libre nada en aquel espacio sin fin de corrientes que se entrechocan, de abismos que se abren, de estrellas.




martes, 13 de octubre de 2009

Philippe Jaccotet (1925)















Sois tranquille, cela viendra ! Tu te rapproches,                       
tu brûles ! Car le mot qui sera à la fin
du poème, plus que le premier sera proche
de ta mort, qui ne s'arrête pas en chemin.


Ne crois pas qu'elle aille s'endormir sous des branches
ou reprendre souffle pendant que tu écris.
Même quand tu bois à la bouche qui étanche
la pire soif, la douce bouche avec ses cris


doux, même quand tu serres avec force le noeud
de vos quatre bras pour être bien immobiles
dans la brûlante obscurité de vos cheveux,


elle vient, Dieu sait par quels détours, vers vous deux,
de très loin ou déjà tout près, mais sois tranquille,
elle vient : d'un à l'autre mot tu es plus vieux.


(L'Effraie, éditions Gallimard)








Quédate tranquilo, ¡ya llegará ! Te acercas,
¡Ardes! Ya que la palabra que estará al final
del poema, más que la primera se acerca
a tu muerte, que no se detiene en el camino.


No creas que vaya a dormirse bajo unas ramas
O retomar el aliento mientras  escribes.
Aun cuando bebes en la boca que apaga
La peor sed, la dulce boca con sus gritos


Dulces, aun cuando aprietas con fuerza el nudo
De sus cuatro brazos para quedarse bien inmóviles
En la ardiente oscuridad de sus cabellos,


Viene, sabe Dios por qué caminos, hacia ustedes dos,
Desde muy lejos o bien cerca ya, pero quédate tranquilo,
Viene : de una palabra a otra ya eres más viejo.






domingo, 11 de octubre de 2009

Guy de Maupassant (1850-1893)












La cabellera




                Las paredes de la celda estaban desnudas, pintadas a la cal. Una abertura estrecha y enrejada, en lo alto del techo inalcanzable, dejaba ingresar la luz dentro de esta pequeña pieza clara y siniestra; y el loco, sentado en una silla de paja, nos clavaba su mirada fija, vaga, obsesionada. Estaba extremadamente flaco, con las mejillas hundidas y los cabellos casi blancos, que se adivinaban emblanquecidos en los últimos meses. Su vestimenta resultaba demasiado holgada para sus miembros secos, para su pecho encogido, para su vientre hundido.  Uno percibía la desolación de aquel hombre devastado, carcomido por su pensamiento, por un Pensamiento, como una fruta por un gusano. Su Locura estaba allí, en esa cabeza obstinada, su idea, que lo atormentaba y devoraba. Comía su cuerpo poco a poco. Ella, la Invisible, la Impalpable, la Inasible, la Inmaterial Idea minaba la carne, bebía la sangre, apagaba la vida.
                        ¡Qué misterio el de este hombre muerto por una Ilusión! ¡Inspiraba pena, miedo y lástima, este ser Poseído! ¿Cuál era el extraño, espantoso y mortal  sueño que habitaba esa frente, surcándola con profundas arrugas siempre inquietas?
                        El médico me dijo: "Tiene unos ataques de furia terribles. Es uno de los dementes más extraños que haya visto. Sufre de una locura erótica y macabra. Es una suerte de necrófilo. Así lo muestra en el diario que escribió en el cual nos describe la enfermedad de su espíritu, de la forma más clara del mundo. Su locura es, por decirlo de alguna manera, palpable. Si le interesa puede leer ese documento."
                        Seguí al doctor hasta su consultorio, y una vez ahí me entregó el diario de ese pobre hombre.
                        –Léalo, y déme luego su opinión – me dijo.
                        Esto es lo que estaba escrito en el cuaderno.


*
                                                               *          *


                  Hasta la edad de treinta y dos años, viví tranquilo y sin amor. La vida me parecía muy sencilla, muy buena y muy fácil.  Era rico. Me gustaban tantas cosas que no podía apasionarme con ninguna. ¡Qué bueno es estar vivo!  Cada mañana me despertaba feliz, para hacer todas las cosas que me daban placer, y me acostaba satisfecho sintiendo la apacible esperanza del mañana y  de un futuro sin preocupaciones.
                        Había tenido algunas amantes sin nunca haber  sentido  mi corazón enloquecer por el deseo o  mi alma morir de amor luego de la posesión. Es bueno vivir así. Es mejor amar, pero es terrible. Aquellos que aman como todo el mundo deben experimentar una ardiente felicidad, pero menor que la mía quizás, ya que el amor me encontró a mí de una manera increíble.
                        Como era rico, coleccionaba  muebles y objetos antiguos; y a menudo pensaba en las manos desconocidas que habían palpado esas cosas, en los ojos que las habían admirado, en los corazones que las habían amado, ¡porque uno ama las cosas!  Me quedaba, a menudo, durante horas y horas y horas, mirando  un relojito del siglo pasado. Tan delicado, tan lindo, con su esmalte y su oro labrado. Y funcionaba aún como el día en que una mujer lo había comprado fascinada por la idea de poseer esa fina joya. Nunca había dejado de palpitar, de vivir su mecánica vida, y continuaba siempre con su tictac regular desde hacía un siglo. ¿Quien había sido  la   primera en llevarlo contra su seno envuelto por la tibieza de los géneros que la cubrían, el corazón del reloj latiendo junto al corazón de la mujer? ¿Cuál había sido la mano que lo había tenido en la punta de sus dedos tibios, girándolo de un lado y de otro y luego había secado  los pastorcitos de porcelana  por un instante ensombrecidos por el ligero sudor de la piel? ¿Qué ojos habían espiado en ese cuadrante florido la hora esperada, la hora ansiada, la hora divina?
                        ¡Cuánto  hubiera querido conocer, ver a la mujer que había elegido ese objeto exquisito y raro! Está muerta. Estoy poseído por el deseo de las mujeres de antaño; a la distancia, amo a todas aquellas  que han amado.
                        - La historia de los cariños pasados  llena mi corazón de pesar. ¡Ay! la belleza, las sonrisas, las caricias de la juventud, las esperanzas... Acaso no deberían ser eternas...
                        ¡Cuánto he llorado durante noches enteras, por las pobres mujeres de antes, tan bellas, tan tiernas, tan dulces, cuyos brazos se abrieron para el beso y que ahora están muertas! ¡El beso, en cambio es inmortal!  Va de boca en boca, de siglo en siglo, de edad en edad. - Los hombres lo recogen, lo dan y luego mueren.
                        El pasado me atrae, el presente me espanta porque el futuro es la muerte. Añoro todo lo que fue, lloro a todos aquellos que vivieron; quisiera detener el tiempo, detener la hora. Pero continúa, continúa y segundo a segundo se lleva un poco de mí hacia el vacío del mañana. Y no volveré a vivir jamás.
                        Adiós a todas las del ayer. Las amo.
                        Pero no me quejo. Yo sí encontré a aquella que esperaba; y con ella probé increíbles placeres.
                        Deambulaba por las calles de París una mañana de sol, con el alma festiva y el andar alegre, mirando vidrieras con el interés vago del paseante. De repente, descubrí en una  casa de antigüedades un mueble italiano del siglo XVII. Era extremadamente bello, extremadamente raro. Pensé que era obra de un artista veneciano llamado Vitelli, que fue famoso en aquella época.
                        Luego seguí mi camino.
                        ¿Por qué el recuerdo de ese mueble me perseguió con tanta fuerza que tuve que volver atrás sobre mis pasos? Me detuve de nuevo frente al negocio para observarlo, y sentí que me tentaba.
                        ¡Qué cosa extraña la tentación! Miramos un objeto y poco a poco nos seduce, nos perturba, nos invade  como si se tratara del rostro de una mujer. Su encanto nos penetra, extraño encanto que viene de su forma, de su color, de su fisionomía de cosa; y ya  lo estamos amando, lo deseamos, lo queremos. La necesidad de poseerlo nos invade, necesidad que en un principio es débil, como tímida, pero que se acrecienta,  hasta volverse violenta, irresistible.
                        Y los vendedores parecen adivinar en la mirada chispeante las secretas y crecientes ganas.
                        Compré el mueble y lo hice enviar a casa de inmediato. Lo ubiqué en mi dormitorio.
                        ¡Ay, pobres de aquellos que no conocen la luna de miel del coleccionista con la pieza que acaban de adquirir! La acariciamos con la vista y con la mano como si tuviera vida; todo el tiempo volvemos a su lado, la pensamos en todo momento, no importa a donde vayamos, ni lo que hagamos. Su amado recuerdo nos sigue en la calle, en el mundo, en todas partes; y cuando  volvemos a casa, antes incluso de habernos quitado los guantes y el sombrero, corremos a contemplarla con la caricia  digna de un amante.
                        Realmente, durante ocho días adoré a ese mueble. A cada instante abría sus puertas,  sus cajones; lo acariciaba con fascinación, experimentando el goce íntimo de la posesión.
                        Hasta que una noche me di cuenta al medir el  espesor de un panel, de que ahí debía haber un escondite. Mi corazón empezó a latir, y pasé la noche tratando de descubrir el secreto y sin poder hacerlo.
                        Lo logré a la mañana siguiente insertando una hoja metálica en una juntura de la madera.  Una plancha se deslizó y pude ver extendida sobre un fondo de terciopelo negro, una maravillosa cabellera de mujer.
                        Sí, una cabellera, una larga trenza de cabellos rubios, levemente rojizos y atados con una cinta de oro, que parecían haber sido cortados contra la piel.
                        Me quedé estupefacto, tembloroso y fascinado. Un perfume casi imperceptible, tan antiguo que parecía ser más bien el alma de un aroma, emanaba de ese misterioso cajón y esa  sorprendente reliquia .
                        La tomé suave, casi religiosamente y la retiré de su escondite. En ese momento, se deshizo, exhalando sus ondas doradas que se desparramaron por el suelo, espesa y ligera, flexible y brillante como la cola en llamas de un cometa.
                        Una emoción extraña se apoderó de mí. ¿Qué era eso? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Por qué aquellos cabellos habían sido encerrados dentro de ese mueble? ¿Qué aventura, qué drama ocultaba aquel recuerdo?
                        ¿Quien se los había cortado? ¿Un amante, en un día de despedida? ¿Un marido, en un día de venganza? O, ¿había sido la misma que los llevaba sobre su frente, en un día de desesperación?
                        ¿Sería acaso en el momento de ingresar al claustro  que habían dejado ahí esa fortuna de amor, como una apuesta librada al mundo de los vivos? ¿Sería acaso en el momento de  clavar en su tumba, a la  bella y joven muerta, que aquel que la adoraba había guardado el adorno de su cabeza, lo único que podía conservar de ella, la única parte viva de esa carne que no hubiera debido pudrirse, la única que aún podía amar y acariciar, y besar en sus furias de dolor?
                        ¿Acaso no era raro que aquella cabellera se hubiera conservado intacta, cuando ya no quedaba ni una parcela del cuerpo en el cual había nacido?
                        Se me escurría entre los dedos, me acariciaba la piel provocándome una extraña sensación, como una caricia de muerta. Me sentía enternecido como si fuera a llorar.
                        La tuve largamente, largamente entre mis manos, hasta que me pareció que me inquietaba, como si un resto de su alma hubiera quedado escondido en su interior. Y la volví a extender sobre el terciopelo ensombrecido por el tiempo, y empujé el cajón, y cerré el mueble, y me fui a vagar por las calles para soñar.

*
                                                                              *       *


                        Avanzaba lleno de tristeza, y también de fascinación, de esa fascinación que permanece en el corazón luego de un beso de amor: Me parecía que ya había vivido antes, que debía haber conocido a aquella mujer.
                        Y los versos de Villon  afloraron en mis labios, como aflora un llanto:


Decidme dónde, en que país
está Flora, la bella romana,
Archipiada y Thaís
que fue su prima hermana,
Eco que habla cuando se agita
 el río o el estanque,
que tuvo belleza más que humana,
Pero, ¿dónde están las nieves de antaño?


La reina Blanca como la flor de lis
que cantaba con voz de sirena,
Berta la del gran pie, Beatriz, Alis,
Haremburgis que tuvo el Maine
y la buena Juana de Lorraine
quemada en Ruán por los ingleses;
¿dónde están, dónde, Virgen soberana?
Pero, ¿dónde están las nieves de antaño?


                       Al llegar a casa, sentí un deseo irresistible de volver a mirar mi extraño hallazgo; y cuando la tomé nuevamente entre mis manos, sentí al tocarla un estremecimiento prolongado que recorrió todos mis miembros.
                       Durante algunos días, sin embargo, pude mantener mi estado habitual, aunque el vivo pensamiento de aquella cabellera ya no me abandonó más.
                       A penas regresaba, debía ir a mirarla y a tocarla. Giraba la llave del armario con el mismo estremecimiento que se tiene al abrir la puerta de la amada, porque mis manos y mi corazón sentían una confusa, extraña, continua, sensual necesidad de sumergir mis dedos en ese torrente encantador de cabellos muertos.
                       Luego, cuando ya había terminado de acariciarla, cuando había vuelto a cerrar el mueble,  seguía sintiendo su presencia,   como si hubiera sido un ser viviente, escondido, prisionero; la sentía y la deseaba aún más; volvía a sentir el imperioso deseo de poseerla, de palparla, de enervarme hasta el malestar por ese contacto frío, escurridizo, irritante, enloquecedor, delicioso.
                       Así, viví uno o dos meses más, ya no recuerdo. Me obsesionaba, me perseguía.  Me sentía feliz y torturado como quien espera a un amor, como después de pronunciar la confesión que precede a la entrega.
                       Me encerraba solo con ella para sentirla sobre mi piel, para hundir en ella mis labios, para besarla, morderla. La enroscaba alrededor de mi rostro, bebía de ella, ahogaba  mis ojos en su onda dorada, para ver el día dorado a través.
                       La amaba. Sí, la amaba. No podía vivir sin ella, ni estar una hora sin verla.
                       Y esperaba...esperaba...¿qué? No lo sabía. -A ella.
                       Una noche, me desperté bruscamente con la sensación de no estar solo en mi dormitorio.
                       Sin embargo, estaba solo. Pero no pude volver a dormirme; y como me agitaba  una fiebre insomne, me levanté para ir a tocar la cabellera. Me pareció más suave que de costumbre, más animada.
¿Acaso los muertos regresan? Los besos que le daba para darle calor me hacían desfallecer de felicidad; y la llevaba a mi cama, y me acostaba, apretándola contra mis labios como a una amante que uno va a poseer.
Ella regresó. Sí, la he visto, la he tocado, la he poseído, era como en otros tiempos, cuando vivía, alta, rubia, voluptuosa, los pechos fríos y las caderas en forma de lira; y con mis caricias recorrí esa linea ondulante y divina que va desde la garganta hasta los pies siguiendo todas las curvas de la carne.
                       Sí, la poseí, todos los días, todas las noches. La Muerta ha regresado, la bella Muerta, la Adorable, la Misteriosa, la Desconocida, todas las noches.
                       Mi felicidad fue tan inmensa, que no pude ocultarla. A su lado sentía un encantamiento sobrehumano, el goce profundo, inexplicable de poseer a la Inasible, a la Invisible, a la Muerta. No existe amante que haya probado goces tan ardientes, tan terribles...
                       No pude ocultar mi felicidad. La amaba tanto que ya no quise abandonarla. La llevé siempre conmigo, a todos lados. La paseé por la ciudad como a mi mujer, y la llevé al teatro a los palcos privados, como si fuera mi amante...Pero la vieron...lo adivinaron...me la quitaron...Y me arrojaron dentro de una prisión, como a un malhechor. Me la quitaron...¡Ay de mí...!


*
                                                                             *         *


                       El manuscrito terminaba ahí. Y de repente, cuando percibí la mirada desconcertada del médico, un grito espantoso, un alarido furioso de impotencia y deseo exasperado se elevó en el asilo.
                       –Escúchelo –dijo el doctor –. Hay que duchar cinco o seis veces al día a ese  loco obsceno. No solo el sargento Bertrand amó a las muertas.
                       Balbuceaba conmocionado por el asombro, el horror y la lástima:
                       –Pero, esa cabellera, ¿existe de verdad?
                       El médico se levantó, abrió un armario repleto de frasquitos e instrumentos, y me arrojó un cohete de cabellos rubios que voló hacia mí como un pájaro dorado.
                       Me estremecí al sentir entre mis manos su tacto cariñoso y suave. Y mi corazón palpitó de   repulsión y ganas , de repulsión como ante el contacto de los objetos arrastrados en los crímenes, de repulsión como frente a la tentación de una cosa infame y misteriosa.
                       El médico agregó levantando los hombros:
                       –La mente humana es capaz de todo.