viernes, 9 de octubre de 2009

Francis Ponge (1899-1988)

 
LLuvia

La lluvia, en el patio donde la miro caer, cae con apariencias muy diversas. En el centro, forma una delgada cortina (o red) discontinua, de una caída implacable pero relativamente lenta de gotas probablemente bastante livianas, una precipitación sempiterna, sin vigor, una fracción intensa de meteoro puro. A poca distancia de los muros a izquierda y derecha, caen ruidosamente gotas más pesadas, individuadas. Aquí parecen tener el grosor de un grano de trigo, allí el de un guisante, más allá el de una cuenta. Sobre los listeles, sobre las balaustradas de la ventana corre la lluvia horizontal mientras que sobre la faz interior de estos mismos obstáculos queda suspendida como caramelos de forma convexa. Según la superficie toda del pequeño techo de zinc que domina la mirada, corre en pequeños arroyitos de colores cambiantes a causa de las tan variadas corrientes que se desprenden de las imperceptibles ondulaciones y resaltos del techo.  Desde el canalón adyacente en el cual se desliza contenida en un cauce hueco sin mayor pendiente, cae súbitamente como un hilo perfectamente vertical, trenzado bastante groseramente, hasta chocarse con el suelo donde resurge bajo la forma de  brillantes agujas.
Cada una de estas formas tiene un apariencia particular, y a cada una responde un ruido particular. El todo vive con una intensidad como si se tratara de un complicado mecanismo, tan preciso como azaroso, como el de un reloj cuya cuerda es la peso de una determinada masa de vapor en precipitación.
El timbre al tocar el suelo los hilos verticales, el gluglú de las goteras, los minúsculos toques de gong se multiplican y resuenan a la vez en un concierto sin monotonía, no sin  delicadeza.
Cuando se le acaba la cuerda, algunos engranajes continúan funcionando por un tiempo, se vuelven cada vez más lentos y luego toda la maquinaria se detiene. Entonces, si el sol reaparece, todo se borra rápidamente, el aparato brillante se evapora: ha llovido.


 El cigarrillo

Presentemos primero la atmósfera a la vez seca y brumosa, desordenada, en la cual el cigarrillo siempre está apoyado en dirección oblicua y creándola continuamente .
Luego su persona: una pequeña antorcha mucho menos luminosa que perfumada, de la cual se desprenden y caen, según un ritmo a determinar, un número calculable de pequeñas partículas de ceniza.
Su pasión, al fin: esta punta incandescente que se descama en películas plateadas que otras  recién formadas rodean inmediatamente.

 Agua


Más abajo que yo, siempre más abajo que yo se encuentra el agua.
La miro siempre con los ojos bajos. Como el suelo, como una parte del suelo, como una modificación del suelo.
Blanca y brillante, informe y fresca, pasiva y obstinada en su único vicio: el peso, dispone de los medios más excepcionales para satisfacer el vicio: siempre rodeando, traspasando, erosionando, filtrando.
También en su interior juega este vicio: sin cesar se derrumba, renuncia a cada instante a cualquier forma, solo intenta humillarse, se acuesta panza abajo sobre el suelo, casi un cadáver, como los monjes de ciertas órdenes. Siempre más abajo: tal pareciera ser su lema: lo contrario de lo excelso.
*
Casi podríamos decir que el agua es loca, por esa histérica necesidad de no obedecer más que a su peso, que la domina como una idea fija.
Cierto es que todos conocen esta necesidad, que debe ser satisfecha siempre y en todo lugar.  Este armario, por ejemplo, se muestra testarudo en su deseo de adherirse al suelo, y si un día se perturba su equilibrio, preferirá arruinarse antes que desobedecerle. Pero finalmente, en cierta medida, juega con el peso, lo desafía: no se derrumba en todas sus partes, no se conforman ni sus cornisas, ni sus molduras. Existe en él una resistencia que hará prevalecer su forma y personalidad.
LIQUIDO es por definición lo que prefiere obedecer al peso, más que mantener su forma, lo que rechaza toda forma para obedecer a su peso. Y que pierde toda compostura a causa de esta idea fija, de este  escrúpulo enfermizo. De este vicio, que lo vuelve rápido, precipitado o estancado; amorfo o feroz, amorfo y  feroz, feroz terebrante, por ejemplo; astuto, filtrante, contorneante; tanto que se puede hacer con él lo que se quiera, y conducir el agua por tuberías para hacerla luego resurgir verticalmente para gozar, finalmente, de su manera de desintegrase en forma de lluvia: una verdadera esclava.
...Sin embargo, la luna y el sol celan esta influencia exclusiva, e intentan ejercer sobre ella su poder cuando se ofrece en grandes extensiones, sobre todo cuando se encuentra en estado de mínima resistencia, dispersa en delgados charcos. Entonces, el sol le quita un tributo aún más alto. La fuerza a un ciclismo perpetuo, la trata como a una ardilla en su rueda.
                                                                        *
El agua se me escapa...se me escurre entre los dedos. ¡Y más aún! Su rastro ni siquiera es tan nítido (como la de una lagartija o una rana): quedan en mis manos huellas, manchas que tardan bastante en secarse o que hay que sacudir.
Se me escapa y sin embargo me marca, sin que pueda evitarlo.
Ideológicamente, pasa igual: se me escapa, escapa a toda definición, pero deja en mi mente y sobre el papel huellas, manchas informes.
                                                                        *
Inquietud del agua: sensible al más mínimo cambio de declive. Salta los escalones con los dos pies juntos. Juguetona, de obediencia pueril, vuelve enseguida cuando uno la llama al inclinar la pendiente hacia este lado.

La naranja

 Al igual que la esponja,   la naranja tiende a recuperar su compostura luego de haber sido exprimida. Pero así como la esponja siempre lo logra, la naranja no lo hace jamás. Y es que sus células han estallado y sus tejidos están desgarrados. Mientras que  su cáscara  recupera sola y con pereza su forma original gracias a su elasticidad, se desparrama un líquido ámbar que, es cierto, trae consigo la frescura de suaves perfumes, pero también, a menudo, la amarga conciencia de la  expulsión prematura de  semillas.

¿Acaso debemos tomar partido entre estas dos maneras de soportar mal la opresión? - La esponja es tan solo músculo que se llena de viento, de agua propia o de agua sucia depende: esta gimnasia es innoble. La naranja sabe mejor pero es demasiado pasiva, - y el sacrificio de su aroma...realmente es otorgarle demasiado al opresor...

Pero no es decir suficiente de la naranja, el recordar su forma particular de perfumar el aire y de regocijar a su  verdugo. No hay que olvidar, tampoco, la gloriosa coloración del líquido que de ella se desprende, y que, mejor que el jugo de limón, obliga a la laringe a abrirse  extremadamente  ya sea para pronunciar palabra o ingerir líquido, sin que los labios esbocen la menor mueca aprehensiva, sin que se ericen las papilas.

Y se queda uno entonces, sin palabras para reconocer la admiración que merece el envoltorio tierno, frágil y rosa balón oval en este grueso secante húmedo cuya epidermis extremadamente fina pero muy pigmentada, de gusto agrio, es justo lo bastante rugosa como para atraer dignamente la luz sobre la perfecta forma del fruto.

Pero al final de este demasiado breve estudio, llevado a cabo lo más redondamente posible, -hay que ir al grano. Esta semilla, con forma de minúsculo limón, ofrece en su exterior el color de la madera blanca del limonero, en el interior un verde de arveja o de germen tierno. Es ahí donde se reencuentran, luego de la explosión sensacional del farolito veneciano de sabores, colores y perfumes que es el balón frutado mismo, -la relativa dureza y el verdor (por otro lado no totalmente insípido) de la madera, de la rama, de la hoja: pequeñísima suma pero ciertamente la razón de ser del fruto.



2 comentarios:

  1. este es un material que escasea en la web (y en las bibliotecas más) y las traducciones están muy lindas, te agradezco que lo hayas subido

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  2. Y yo a vos por tu comentario! Muchas gracias, Andrés.

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