domingo, 11 de octubre de 2009

Guy de Maupassant (1850-1893)












La cabellera




                Las paredes de la celda estaban desnudas, pintadas a la cal. Una abertura estrecha y enrejada, en lo alto del techo inalcanzable, dejaba ingresar la luz dentro de esta pequeña pieza clara y siniestra; y el loco, sentado en una silla de paja, nos clavaba su mirada fija, vaga, obsesionada. Estaba extremadamente flaco, con las mejillas hundidas y los cabellos casi blancos, que se adivinaban emblanquecidos en los últimos meses. Su vestimenta resultaba demasiado holgada para sus miembros secos, para su pecho encogido, para su vientre hundido.  Uno percibía la desolación de aquel hombre devastado, carcomido por su pensamiento, por un Pensamiento, como una fruta por un gusano. Su Locura estaba allí, en esa cabeza obstinada, su idea, que lo atormentaba y devoraba. Comía su cuerpo poco a poco. Ella, la Invisible, la Impalpable, la Inasible, la Inmaterial Idea minaba la carne, bebía la sangre, apagaba la vida.
                        ¡Qué misterio el de este hombre muerto por una Ilusión! ¡Inspiraba pena, miedo y lástima, este ser Poseído! ¿Cuál era el extraño, espantoso y mortal  sueño que habitaba esa frente, surcándola con profundas arrugas siempre inquietas?
                        El médico me dijo: "Tiene unos ataques de furia terribles. Es uno de los dementes más extraños que haya visto. Sufre de una locura erótica y macabra. Es una suerte de necrófilo. Así lo muestra en el diario que escribió en el cual nos describe la enfermedad de su espíritu, de la forma más clara del mundo. Su locura es, por decirlo de alguna manera, palpable. Si le interesa puede leer ese documento."
                        Seguí al doctor hasta su consultorio, y una vez ahí me entregó el diario de ese pobre hombre.
                        –Léalo, y déme luego su opinión – me dijo.
                        Esto es lo que estaba escrito en el cuaderno.


*
                                                               *          *


                  Hasta la edad de treinta y dos años, viví tranquilo y sin amor. La vida me parecía muy sencilla, muy buena y muy fácil.  Era rico. Me gustaban tantas cosas que no podía apasionarme con ninguna. ¡Qué bueno es estar vivo!  Cada mañana me despertaba feliz, para hacer todas las cosas que me daban placer, y me acostaba satisfecho sintiendo la apacible esperanza del mañana y  de un futuro sin preocupaciones.
                        Había tenido algunas amantes sin nunca haber  sentido  mi corazón enloquecer por el deseo o  mi alma morir de amor luego de la posesión. Es bueno vivir así. Es mejor amar, pero es terrible. Aquellos que aman como todo el mundo deben experimentar una ardiente felicidad, pero menor que la mía quizás, ya que el amor me encontró a mí de una manera increíble.
                        Como era rico, coleccionaba  muebles y objetos antiguos; y a menudo pensaba en las manos desconocidas que habían palpado esas cosas, en los ojos que las habían admirado, en los corazones que las habían amado, ¡porque uno ama las cosas!  Me quedaba, a menudo, durante horas y horas y horas, mirando  un relojito del siglo pasado. Tan delicado, tan lindo, con su esmalte y su oro labrado. Y funcionaba aún como el día en que una mujer lo había comprado fascinada por la idea de poseer esa fina joya. Nunca había dejado de palpitar, de vivir su mecánica vida, y continuaba siempre con su tictac regular desde hacía un siglo. ¿Quien había sido  la   primera en llevarlo contra su seno envuelto por la tibieza de los géneros que la cubrían, el corazón del reloj latiendo junto al corazón de la mujer? ¿Cuál había sido la mano que lo había tenido en la punta de sus dedos tibios, girándolo de un lado y de otro y luego había secado  los pastorcitos de porcelana  por un instante ensombrecidos por el ligero sudor de la piel? ¿Qué ojos habían espiado en ese cuadrante florido la hora esperada, la hora ansiada, la hora divina?
                        ¡Cuánto  hubiera querido conocer, ver a la mujer que había elegido ese objeto exquisito y raro! Está muerta. Estoy poseído por el deseo de las mujeres de antaño; a la distancia, amo a todas aquellas  que han amado.
                        - La historia de los cariños pasados  llena mi corazón de pesar. ¡Ay! la belleza, las sonrisas, las caricias de la juventud, las esperanzas... Acaso no deberían ser eternas...
                        ¡Cuánto he llorado durante noches enteras, por las pobres mujeres de antes, tan bellas, tan tiernas, tan dulces, cuyos brazos se abrieron para el beso y que ahora están muertas! ¡El beso, en cambio es inmortal!  Va de boca en boca, de siglo en siglo, de edad en edad. - Los hombres lo recogen, lo dan y luego mueren.
                        El pasado me atrae, el presente me espanta porque el futuro es la muerte. Añoro todo lo que fue, lloro a todos aquellos que vivieron; quisiera detener el tiempo, detener la hora. Pero continúa, continúa y segundo a segundo se lleva un poco de mí hacia el vacío del mañana. Y no volveré a vivir jamás.
                        Adiós a todas las del ayer. Las amo.
                        Pero no me quejo. Yo sí encontré a aquella que esperaba; y con ella probé increíbles placeres.
                        Deambulaba por las calles de París una mañana de sol, con el alma festiva y el andar alegre, mirando vidrieras con el interés vago del paseante. De repente, descubrí en una  casa de antigüedades un mueble italiano del siglo XVII. Era extremadamente bello, extremadamente raro. Pensé que era obra de un artista veneciano llamado Vitelli, que fue famoso en aquella época.
                        Luego seguí mi camino.
                        ¿Por qué el recuerdo de ese mueble me perseguió con tanta fuerza que tuve que volver atrás sobre mis pasos? Me detuve de nuevo frente al negocio para observarlo, y sentí que me tentaba.
                        ¡Qué cosa extraña la tentación! Miramos un objeto y poco a poco nos seduce, nos perturba, nos invade  como si se tratara del rostro de una mujer. Su encanto nos penetra, extraño encanto que viene de su forma, de su color, de su fisionomía de cosa; y ya  lo estamos amando, lo deseamos, lo queremos. La necesidad de poseerlo nos invade, necesidad que en un principio es débil, como tímida, pero que se acrecienta,  hasta volverse violenta, irresistible.
                        Y los vendedores parecen adivinar en la mirada chispeante las secretas y crecientes ganas.
                        Compré el mueble y lo hice enviar a casa de inmediato. Lo ubiqué en mi dormitorio.
                        ¡Ay, pobres de aquellos que no conocen la luna de miel del coleccionista con la pieza que acaban de adquirir! La acariciamos con la vista y con la mano como si tuviera vida; todo el tiempo volvemos a su lado, la pensamos en todo momento, no importa a donde vayamos, ni lo que hagamos. Su amado recuerdo nos sigue en la calle, en el mundo, en todas partes; y cuando  volvemos a casa, antes incluso de habernos quitado los guantes y el sombrero, corremos a contemplarla con la caricia  digna de un amante.
                        Realmente, durante ocho días adoré a ese mueble. A cada instante abría sus puertas,  sus cajones; lo acariciaba con fascinación, experimentando el goce íntimo de la posesión.
                        Hasta que una noche me di cuenta al medir el  espesor de un panel, de que ahí debía haber un escondite. Mi corazón empezó a latir, y pasé la noche tratando de descubrir el secreto y sin poder hacerlo.
                        Lo logré a la mañana siguiente insertando una hoja metálica en una juntura de la madera.  Una plancha se deslizó y pude ver extendida sobre un fondo de terciopelo negro, una maravillosa cabellera de mujer.
                        Sí, una cabellera, una larga trenza de cabellos rubios, levemente rojizos y atados con una cinta de oro, que parecían haber sido cortados contra la piel.
                        Me quedé estupefacto, tembloroso y fascinado. Un perfume casi imperceptible, tan antiguo que parecía ser más bien el alma de un aroma, emanaba de ese misterioso cajón y esa  sorprendente reliquia .
                        La tomé suave, casi religiosamente y la retiré de su escondite. En ese momento, se deshizo, exhalando sus ondas doradas que se desparramaron por el suelo, espesa y ligera, flexible y brillante como la cola en llamas de un cometa.
                        Una emoción extraña se apoderó de mí. ¿Qué era eso? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Por qué aquellos cabellos habían sido encerrados dentro de ese mueble? ¿Qué aventura, qué drama ocultaba aquel recuerdo?
                        ¿Quien se los había cortado? ¿Un amante, en un día de despedida? ¿Un marido, en un día de venganza? O, ¿había sido la misma que los llevaba sobre su frente, en un día de desesperación?
                        ¿Sería acaso en el momento de ingresar al claustro  que habían dejado ahí esa fortuna de amor, como una apuesta librada al mundo de los vivos? ¿Sería acaso en el momento de  clavar en su tumba, a la  bella y joven muerta, que aquel que la adoraba había guardado el adorno de su cabeza, lo único que podía conservar de ella, la única parte viva de esa carne que no hubiera debido pudrirse, la única que aún podía amar y acariciar, y besar en sus furias de dolor?
                        ¿Acaso no era raro que aquella cabellera se hubiera conservado intacta, cuando ya no quedaba ni una parcela del cuerpo en el cual había nacido?
                        Se me escurría entre los dedos, me acariciaba la piel provocándome una extraña sensación, como una caricia de muerta. Me sentía enternecido como si fuera a llorar.
                        La tuve largamente, largamente entre mis manos, hasta que me pareció que me inquietaba, como si un resto de su alma hubiera quedado escondido en su interior. Y la volví a extender sobre el terciopelo ensombrecido por el tiempo, y empujé el cajón, y cerré el mueble, y me fui a vagar por las calles para soñar.

*
                                                                              *       *


                        Avanzaba lleno de tristeza, y también de fascinación, de esa fascinación que permanece en el corazón luego de un beso de amor: Me parecía que ya había vivido antes, que debía haber conocido a aquella mujer.
                        Y los versos de Villon  afloraron en mis labios, como aflora un llanto:


Decidme dónde, en que país
está Flora, la bella romana,
Archipiada y Thaís
que fue su prima hermana,
Eco que habla cuando se agita
 el río o el estanque,
que tuvo belleza más que humana,
Pero, ¿dónde están las nieves de antaño?


La reina Blanca como la flor de lis
que cantaba con voz de sirena,
Berta la del gran pie, Beatriz, Alis,
Haremburgis que tuvo el Maine
y la buena Juana de Lorraine
quemada en Ruán por los ingleses;
¿dónde están, dónde, Virgen soberana?
Pero, ¿dónde están las nieves de antaño?


                       Al llegar a casa, sentí un deseo irresistible de volver a mirar mi extraño hallazgo; y cuando la tomé nuevamente entre mis manos, sentí al tocarla un estremecimiento prolongado que recorrió todos mis miembros.
                       Durante algunos días, sin embargo, pude mantener mi estado habitual, aunque el vivo pensamiento de aquella cabellera ya no me abandonó más.
                       A penas regresaba, debía ir a mirarla y a tocarla. Giraba la llave del armario con el mismo estremecimiento que se tiene al abrir la puerta de la amada, porque mis manos y mi corazón sentían una confusa, extraña, continua, sensual necesidad de sumergir mis dedos en ese torrente encantador de cabellos muertos.
                       Luego, cuando ya había terminado de acariciarla, cuando había vuelto a cerrar el mueble,  seguía sintiendo su presencia,   como si hubiera sido un ser viviente, escondido, prisionero; la sentía y la deseaba aún más; volvía a sentir el imperioso deseo de poseerla, de palparla, de enervarme hasta el malestar por ese contacto frío, escurridizo, irritante, enloquecedor, delicioso.
                       Así, viví uno o dos meses más, ya no recuerdo. Me obsesionaba, me perseguía.  Me sentía feliz y torturado como quien espera a un amor, como después de pronunciar la confesión que precede a la entrega.
                       Me encerraba solo con ella para sentirla sobre mi piel, para hundir en ella mis labios, para besarla, morderla. La enroscaba alrededor de mi rostro, bebía de ella, ahogaba  mis ojos en su onda dorada, para ver el día dorado a través.
                       La amaba. Sí, la amaba. No podía vivir sin ella, ni estar una hora sin verla.
                       Y esperaba...esperaba...¿qué? No lo sabía. -A ella.
                       Una noche, me desperté bruscamente con la sensación de no estar solo en mi dormitorio.
                       Sin embargo, estaba solo. Pero no pude volver a dormirme; y como me agitaba  una fiebre insomne, me levanté para ir a tocar la cabellera. Me pareció más suave que de costumbre, más animada.
¿Acaso los muertos regresan? Los besos que le daba para darle calor me hacían desfallecer de felicidad; y la llevaba a mi cama, y me acostaba, apretándola contra mis labios como a una amante que uno va a poseer.
Ella regresó. Sí, la he visto, la he tocado, la he poseído, era como en otros tiempos, cuando vivía, alta, rubia, voluptuosa, los pechos fríos y las caderas en forma de lira; y con mis caricias recorrí esa linea ondulante y divina que va desde la garganta hasta los pies siguiendo todas las curvas de la carne.
                       Sí, la poseí, todos los días, todas las noches. La Muerta ha regresado, la bella Muerta, la Adorable, la Misteriosa, la Desconocida, todas las noches.
                       Mi felicidad fue tan inmensa, que no pude ocultarla. A su lado sentía un encantamiento sobrehumano, el goce profundo, inexplicable de poseer a la Inasible, a la Invisible, a la Muerta. No existe amante que haya probado goces tan ardientes, tan terribles...
                       No pude ocultar mi felicidad. La amaba tanto que ya no quise abandonarla. La llevé siempre conmigo, a todos lados. La paseé por la ciudad como a mi mujer, y la llevé al teatro a los palcos privados, como si fuera mi amante...Pero la vieron...lo adivinaron...me la quitaron...Y me arrojaron dentro de una prisión, como a un malhechor. Me la quitaron...¡Ay de mí...!


*
                                                                             *         *


                       El manuscrito terminaba ahí. Y de repente, cuando percibí la mirada desconcertada del médico, un grito espantoso, un alarido furioso de impotencia y deseo exasperado se elevó en el asilo.
                       –Escúchelo –dijo el doctor –. Hay que duchar cinco o seis veces al día a ese  loco obsceno. No solo el sargento Bertrand amó a las muertas.
                       Balbuceaba conmocionado por el asombro, el horror y la lástima:
                       –Pero, esa cabellera, ¿existe de verdad?
                       El médico se levantó, abrió un armario repleto de frasquitos e instrumentos, y me arrojó un cohete de cabellos rubios que voló hacia mí como un pájaro dorado.
                       Me estremecí al sentir entre mis manos su tacto cariñoso y suave. Y mi corazón palpitó de   repulsión y ganas , de repulsión como ante el contacto de los objetos arrastrados en los crímenes, de repulsión como frente a la tentación de una cosa infame y misteriosa.
                       El médico agregó levantando los hombros:
                       –La mente humana es capaz de todo.


1 comentario:

  1. bello y triste...y así tantas veces ocurrido el drama.
    "Fractal Geometry will make you see everything differently... You risk the loss of your childhood vision of clouds, forests, galaxies, leaves, feathers, flowers, rocks, mountains, torrents of water, carpets, bricks, and much else besides.
    Never again will your interpretation of these things be quite the same".
    M. F. Barnsley, 'Fractals everywhere'....besos hermana. blin

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