martes, 20 de octubre de 2009

Yves Bonnefoy (1923)





Las tablas curvas (una aproximación)


El hombre era alto, muy alto, estaba parado en la orilla, cerca de la barca. Detrás de él, la claridad de la luna se posaba sobre el agua del río. Al menor ruido el niño que se aproximaba, completamente en silencio, comprendía que la barca se movía, contra el muelle o una piedra. En su mano cerrada guardaba la pequeña moneda de cobre.
“Buenos días, señor”, dijo con voz clara aunque temblorosa, porque temía llamar demasiado bruscamente la atención del hombre, el gigante, que permanecía inmóvil. Pero el barquero, ausente de sí mismo como parecía , ya lo había percibido, entre las cañas.
“Buenos días, pequeño", respondió. “¿Quién eres?"
-       No lo sé, dijo el niño.
-       ¡Cómo que no lo sabes! ¿Acaso no tienes nombre?
El niño intentó comprender qué podía ser un nombre. “No lo sé”, dijo nuevamente, bastante rápido.
“¡No lo sabes! ¿Pero sabes qué escuchas cuando te hablan, cuando te llaman?
-       No me llaman.
-       ¿No te llaman cuando tienes que volver a tu casa? ¿Cuando estabas jugando fuera y te avisan que es la hora de la comida o de dormir? ¿No tienes un padre, una madre? ¿Dónde es tu casa? Dime…”
Y el niño se encontraba ahora preguntándose qué es un padre, una madre; o una casa.
“Un padre, dijo, ¿qué es?”
El barquero se sentó sobre una piedra, cerca de su barca. Su voz vino de menos lejos en la noche. Pero primero había dejado escapar una especie de risita.
“¿Un padre? Bueno, es el que te sube a sus rodillas cuando lloras, y que se sienta cerca de ti para contarte un cuento cuando tienes miedo de dormirte por las noches.”
El niño no respondió.
“A veces no se tiene padre, es cierto, agregó el gigante como luego de una reflexión. Pero en tal caso, existen esas jóvenes y dulces mujeres, que encienden el fuego y los sientan cerca de él, que les cantan una canción. Y cuando se alejan es para cocinar platos y puede sentirse el olor a aceite calentándose en la marmita.
-       Tampoco recuerdo eso. Dijo el niño con su ligera voz cristalina. Se había aproximado al barquero que ahora estaba callado, escuchaba su respiración pareja, lenta. “Debo cruzar el río, dijo. Tengo con qué pagar el pasaje.”
El gigante se inclinó, lo tomó en sus vastas manos, lo subió sobre sus hombros, se enderezó y bajó a su barca, que cedió ligeramente con su peso.
“¡Vamos! ¡Tómate bien fuerte de mi cuello!”
Con una mano sostenía al niño por una pierna, con la otra, hundía la pértiga en el agua. El niño se aferró a su cuello con un movimiento brusco, con un suspiro. Pudo entonces el barquero tomar con ambas manos la pértiga y retirándola del barro, la barca abandonó la ribera, el ruido del agua se amplió bajo los reflejos, en las sombras.
Un instante después un dedo tocó su oreja.
“Oye, dijo el niño, ¿no quieres ser mi padre? Pero se interrumpió enseguida, la voz quebrada por las lágrimas.
“¡Tu padre! ¡Pero soy solo el barquero! Nunca me alejo de una orilla o de la otra del río.
-       Pero me quedaré contigo, en la orilla del río.
-       Para ser padre, hay que tener una casa, ¿entiendes? Yo no tengo casa, vivo en los juncos de la ribera.
-       ¡Me gustaría tanto quedarme contigo en la ribera!
-       No, dijo el barquero, eso no es posible. ¿Ves?
Lo que hay que ver, es que la barca parece doblegarse cada vez más bajo el peso del hombre y del niño, que crece segundo a segundo. Al barquero le cuesta hacerla avanzar, el agua llega a la altura del borde, lo sobrepasa, la corriente llena el casco, sube hasta cubrir sus largas piernas que se sienten sustraer todo apoyo en las tablas curvas. La pequeña embarcación no se hunde, más bien es como si se disipara, en la noche, y el hombre nada, ahora, con el niño que sigue aferrado a su cuello. “No temas, le dice, el río no es tan ancho, ya pronto llegaremos.”
-       ¡Por favor, sé mi padre! ¡Sé mi casa!
-       Hay que olvidar todo eso, responde el gigante, en voz baja. Hay que olvidar esas palabras. Hay que olvidar las palabras.”
Volvió a tomar con su mano la pequeña pierna, que ya es inmensa, y con su brazo libre nada en aquel espacio sin fin de corrientes que se entrechocan, de abismos que se abren, de estrellas.




1 comentario:

  1. caminando por el filo de la cuchilla en la noche de la cocina apagada...como hormiga, asi solos caminamos por la realidad que crece bajo nuestros pies como acero que en la noche refulge.

    gracias, tu hermanO

    ResponderEliminar