domingo, 20 de junio de 2010

Liliane Giraudon (1946)

La lección

Alguien le ofreció una copa que rechazó. Nunca aceptaba beber alcohol en público. Tampoco fumaba. Solo marihuana, de noche y, como supe más adelante, exclusivamente la que ella misma cultivaba bajo un ventanal, entre unas cactáceas.
Noté que se obligaba a hablar de manera fragmentada, y por pura conveniencia. Su voz parecía extraña a su cuerpo, como ligeramente desplazada. No pude evitar pensar en una película cuya banda sonora hubiera estado en diferido y con un doblaje demasiado veloz. Esto no hizo más que aumentar el efecto que ella me produjo. Hablaba en un inglés claro y preciso, ensordeciendo las R. Nunca logré saber la verdad acerca de sus orígenes. Le gustaba pasearse sola. Esto también lo descubriría más adelante.
Un rumor le atribuía pasión por las botas y los caballos. El perfume que la envolvía me había remitido al alcanfor, y este descubrimiento, que desencadenó una verdadera desestabilización de todos mis sentidos, había provocado el deseo.
Y sin embargo, era aquello que me resultaba más intolerable en todas las mujeres: esa pantalla olfativa cuya violencia, desde la infancia, me había parecido tan sonora y visible como una armadura. Lejos de ser considerado como un elemento erótico, el recurrir a ese artilugio ponía en evidencia la sorda necesidad de enmascarar una falta secreta. Para mí, eso reforzaba aún más el empalago de la insoportable emanación de todo cuerpo femenino sujeto, como las mareas, a los ciclos de la luna. Había pasado suficiente tiempo recorriendo las playas salvajes que cubrían gran parte de la isla como para saber bastante acerca del tema. Ese olor dulzón de la carne de pescado abandonado, eso era lo que todas las mujeres intentaban tapar.
Su risa, demasiado poco frecuente, deslumbraba. Enseguida, solo tuve un deseo: acercarme a ella. Acercarme, no para poseerla, agarrármela (como decían mis amigos), sino acercarme para poder acceder a su más cruda desnudez, sin maquillaje ni perfume.
Desde el primer día, me obsesionó un único pensamiento. Que me autorice a permanecer recostado a su lado, en un estado de voluptuosidad tal que la penetración, lejos de ser el desenlace inevitable, estaría como por milagro descartada, considerada de la manera más evidente y natural, superflua. Seamos claros: de aquella mujer, había querido desde el primer instante sólo una cosa. Una cosa que ninguna otra mujer me hubiera podido incitar a desear: separar lentamente sus glúteos y posar mi boca abierta sobre su ano de plomo.
Cuando la acompañé de regreso, me habló de lobos. Yo no entendía muy bien lo que pretendía decirme por medio de este animal. Me parece que era algo acerca de perfumes y flores. Tal vez la evocación sorprendente de una imagen que había descubierto aquel día y que representaba una flor que olfateaban los lobos. A no ser que haya sido por los vulgares conejitos que, en la terraza por la que avanzábamos y todo a lo largo del sendero, invadían las rocallas, y que se llaman comúnmente “boca de dragón” .
Así es como empieza mi historia. Se había metido en la cabeza enseñarme a vivir. Lo que digo puede parecer obscuro. Pero para ella, consistía en saber, en cualquier circunstancia, romper brutalmente. Una relación, una carta, una conversación. Un gesto, a veces muy simple, como empujar una puerta. Empezaba y, bruscamente, se interrumpía. Igual con una crema que le encantaba, perfumada al café, y que fue rechazada, una noche, apenas la toqué. La lección que me dio fue perfecta. Otra vez, por ejemplo, cuando dejó de delinear de negro sus ojos, pálidos e irregulares, y éstos adquirieron, de repente, en ese maquillaje inconcluso, una belleza absolutamente enigmática.
Lo que cada uno, por lo general, se esmeraba en realizar, ella concentraba toda su energía en no efectuarlo, despreciando con intensidad lo que ella denominaba ese dejarse llevar que impulsaba a la gente común a acabar el más mínimo acto, como si eso fuera a cambiar algo en su existencia, espantar a la muerte, prolongar la curva de su vida.
La teoría que defendía era la siguiente: todo ser debe, un día u otro, cruzarse con su destroyer. Todas nuestras fuerzas, toda la energía viva de nuestro pensamiento deben mantenernos en un estado de alerta extrema para, llegado el caso, poder identificarlo y alejarnos inmediatamente de él. No obstante, hay un signo que identifica al destroyer. Un signo unívoco y refulgente de sentido: la voracidad. El destroyer resulta ser, para uno, un deglutidor. Una verdadera piel que se pega a los ojos y el funesto desencadenante; un despliegue de acciones desplomadas sobre nosotros para precipitarnos de la categoría de individuos sin destino a la de rescatados por su destroyer.
Pronunciaba el término inglés con verdadero temor, consideraba aberrante su homógrafo francés, estúpidamente naval y militar. Toda su existencia reposaba, noche y día, sobre la alerta extrema puesta en evitar a toda costa este hipotético encuentro. De ahí su incesante ejercicio casi espiritual de la necesaria e iterativa ruptura. Había que romper para estar seguro de no ser roto.
Conservo varias copias de una fotografía fuera de foco en su ventanal, tomada durante una de las sesiones a las que me había convocado. Aparece sobre un costado, lleva puesto un abrigo bien entallado, un monóculo en el ojo, irreconocible.
Nunca publicaré esa fotografía que descansa en el cajón de mi escritorio, cerca de una brújula de cobre. No creo en los métodos de reconstitución. Lo que puedo decir hoy de esta historia es que iba a marcar todo lo que estaba por venir. Mi vida, lo que me queda de ella.
Ha pasado medio siglo. Todavía conservo el recuerdo de aquel encuentro. Sigo pensando en el ojo de bronce que nunca accedió a mostrar ni a mis ojos ni a mi boca.
Abandonó, una noche, y sin dar ninguna explicación, el bungalow donde vivía al otro lado de la isla.
No he olvidado su lección. O más bien, nunca pude reponerme: mis historias siempre acaban brutalmente.

Liliane Giraudon, Fur, P.O.L., Paris, 1992.