miércoles, 19 de enero de 2011

Jean-Michel Maulpoix (1952)



El azul no hace ruido.
Es un color tímido, sin segundos pensamientos, presagios ni proyectos, que no se precipita bruscamente a la mirada como el amarillo o el rojo, sino que la atrae hacia sí, la domestica poco a poco, la deja acercarse sin apuro, de manera que en él se hunde, y se ahoga sin darse cuenta de nada.
El azul es un color propicio a la desaparición.
Un color en donde morir, un color que libera el color mismo del alma cuando se ha desvestido del cuerpo, cuando ha salpicado toda la sangre y se han vaciado todas las vísceras, las bolsas de todo tipo, para mudar de manera definitiva el mobiliario de nuestros pensamientos.
Indefinidamente, el azul se evade.
No es, a decir verdad, un color. Más bien una tonalidad, un clima, una resonancia especial en el aire. Un apilamiento de claridad, un tinte que nace del vacío agregado al vacío, tan cambiante en la cabeza del hombre como en los cielos.
El aire que respiramos, el vacío aparente en el cual se agitan nuestras formas, el espacio que atravesamos, no es más que este azul terrestre, invisible por lo cercano, haciendo cuerpo con nosotros, vistiendo nuestros gestos y nuestras voces. Presente hasta en la habitación, aun con las persianas bajas y las lámparas apagadas, insensible prenda de nuestra vida.

Jean-Michel Maulpoix, Une histoire de bleu, Poésie Gallimard: Paris, 2005.

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