sábado, 14 de mayo de 2011

Phillipe Jaccottet (1925)

La noche es una gran ciudad dormida
en donde sopla el viento… Vino de lejos hasta
el asilo de este lecho. Es medianoche en junio.
duermes, me han conducido hasta estos bordes infinitos,
el viento agita el avellano. Llega aquel llamado
que se aproxima y se retira, juraría que se trata
de un resplandor que huye entre los bosques, o de
las sombras que, dicen, merodean los infiernos.
(Cuánto podría decir de este llamado en la noche de verano y de tus ojos…) Pero es sólo el ave llamada lechuza que grita desde el fondo
de estos bosques suburbanos. Y nuestro olor es ya
el de la podredumbre al alba,
ya bajo nuestra piel tan caliente penetra el hueso,
mientras en las esquinas se oscurecen las estrellas.

***

Estás aquí, el ave del viento revolotea,
tú mi suavidad, mi herida, mi bien.
Viejas torres de luz se ahogan
y la ternura entreabre sus caminos.

La tierra es ahora nuestra patria.
Avanzamos entre la hierba y las aguas
de esta fuente donde resplandecen nuestros besos
hacia el espacio donde fulminará la guadaña.

“¿A dónde estamos?” Perdidos en el corazón de
la paz. Aquí, ya nada habla sino
bajo nuestra piel, bajo la corteza y el barro,

con su fuerza de toro, la sangre
que huye y nos mezcla, y nos sacude
como a esas campanas maduras sobre los campos.

***


Como soy un extranjero en nuestra vida,
sólo hablo contigo con palabras extrañas
porque serás tal vez mi patria,
mi primavera, nido de paja y de lluvia en las ramas,

Mi colmena de agua que tiembla cuando despunta el día,
mi naciente Suavidad-en-la noche… (pero es la
hora
en que los cuerpos felices se sumergen en su amor
con gritos de alegría, y una niña llora

en el patio frío. ¿Y tú? No estás en la ciudad,
no caminas al encuentro de las noches,
es la hora en que solo con esas palabras fáciles

recuerdo una boca real…) Oh frutos
maduros, fuente de caminos dorados, jardines de hiedra,
a ti sola te hablo, mi ausente, mi tierra…

***


Ahora sé que no poseo nada,
ni siquiera este oro precioso que son hojas podridas,
menos aun estos días que vuelan de ayer a mañana
con grandes aleteos hacia una patria feliz.

Ella fue con ellos, la emigrante marchita,
la débil belleza, con sus secretos decepcionantes,
vestida de bruma. Sin duda la habrán llevado
Hacia otra parte, por estos bosques lluviosos. Como antes,

me encuentro en el umbral de un invierno irreal
donde canta el obstinado petirrojo, único llamado
incesante, como la hiedra. ¿Pero quién puede decir

cuál es el sentido? Veo como mi salud se desmejora
al igual que un breve fuego frente a la niebla
que un viento glacial aviva, borra… Se hace tarde.

Como un hombre que se deleita en la tristeza
más que cambiar de ciudad o vagar,
me empecino en excavar estos escombros, estas cajas,
estas piedras bajo las cuales está enterrado el cuerpo

que formaron nuestros cuerpos cuando estaban abrazados
en una cama de paso con gritos de alborozo.
(Fue entonces que nuestro cielo se aclaró
por un astro oscuro que destruí en mil pedazos…)

Ah! Abandonar por siempre fierros, tablas y yeso!
no, como un perro olfateo el perfume emanado
y escarbo tan profundo que al fin tendré mi paga:

transformarme a mi vez en polvo bien blanco
y no ser nada más que huesos carcomidos
de tanto haber buscado lo que había perdido.

***

Quédate tranquilo, ¡ya llegará ! Te aproximas,
¡ardes! Porque la palabra que estará al final
del poema, más que la primera estará cerca
de tu muerte, que no se detiene en el camino.

No creas que vaya a dormirse bajo unas ramas
o retomar el aliento mientras que escribes.
Aun cuando bebes en la boca que apaga
la peor sed, la dulce boca con sus dulces

gritos, aun cuando aprietas con fuerza el nudo
de sus cuatro brazos para quedarse bien inmóviles
en la ardiente oscuridad de sus cabellos,

viene, sabe Dios por qué caminos, hacia ustedes dos,
desde muy lejos o bien cerca ya, pero quédate tranquilo,
viene : de una palabra a otra ya eres más viejo.

Phillipe Jaccottet, L'effraie dans"Poésie 1940-1967", Paris: Gallimard, 2009.

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