domingo, 1 de enero de 2012

Jean-Michel Maulpoix (1952)





Las mujeres de ojos negros tienen la mirada azul.

Azul es el color de la mirada, desde adentro del alma y del pensamiento, de la espera, de la ensoñación y del sueño.

Nos place confundir todos los colores en uno.
Con el viento, el mar, la nieve, el rosa muy suave de las pieles, el rojo de los labios cuando ríen, las ojeras blancas del insomnio alrededor del verde de los ojos, y las doraduras marchitas de las hojas que se escaman, fabricamos azul.

Soñamos con una tierra azul, una tierra de color redondo, nueva como el primer día, y curva como un cuerpo de mujer.

Nos acostumbramos a no ver claro en el infinito y esperamos largamente al borde de lo invisible. Convertimos en música las discordancias de nuestra vida. Este azul que nos recubre el corazón nos libera de nuestra condición claudicante. En las horas de tristeza, lo esparcimos como un bálsamo sobre nuestra finitud. Es por eso que amamos el sonido del violonchelo y los atardeceres de verano: nos acuna y nos adormece. Cuando llegue el día, la ilusión del amor nos cerrará los ojos.

*


No crean que todo este azul esté desprovisto de dolor.

El mar no es una imagen ingenua clavada con alfileres en la habitación por encima de la cama entre los peluches y joyas de fantasía.

Cuando el corazón ya no nos late, acechamos el vasto mar en los charcos de la calle para beber nuestra miseria a lengüetadas y ofrecer a nuestro deseo algo parecido al cielo. A veces, miramos intensamente a los ojos a nuestros semejantes, esperando encontrar el mar y hundirnos brevemente.

Frotamos nuestra piel en la habitación contra la piel de otro, en busca de una electricidad azul y el bello arco del flechazo.

Intercambiamos de lejos señales de humo con nuestros semejantes. Con los brazos colgantes, permanecemos solos sobre la pista y masticamos su polvo mojado de lágrimas invisibles. Estamos aquí por poco tiempo: algunas palabras, algunas frases, tan poco bajo las estrellas, solo eso entre todo el resto. Azul en la boca, hasta la última hora. Voz blanca, voz manchada, conjurando la muerte, abrazando la muerte, escuchando sin temor crujir los huesos del cielo y del mar.

  Jean-Michel Maulpoix, Une histoire de bleu, Poésie Gallimard, Paris, 2005.


No hay comentarios.:

Publicar un comentario