jueves, 4 de abril de 2013

Jean Grosjean (1912-2006)

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El rostro

El vaho de tu aliento colma el aire frío. Duermo en una barca en aguas temblorosas. Sueño que duermo en la bruma. Retén el aliento para verte en mi sueño.

Más pesada aún es la mojadura del aire. El agua duerme entre los penachos de juncos. La barca se pudre bajo el árbol cuya imagen se hunde en el agua.

Me siento acribillado por tu munificencia. Apenas tu mirada se posó en mí, abrí los ojos, estaba perdido. No irás más lejos que verte pálida en mi cara.

El abismo accede al dios por la apariencia. Todo acontecimiento no es más que un incremento de claridad. El murmullo de los juncos contiene el resplandor de la marisma.

Tu alma se agota en su rostro. Y te oímos abrir el cerrojo de la puerta donde brilla el óxido húmedo en los efluvios de bosta y una rosa. Escucha ahora a tu gran ángel que te mira.

El grito de un gallo calla. Que bordee el camino en el que, por momentos, la pálida estrella resplandece y, a mis pies, tiembla el barranco del abismo.

Referencia pues sin más razón que la admirable imagen de la ausencia de sí. El charco por donde huyen nubes grises, hojas ocre y migraciones de ocas es más rostro que la cara de Apolo.

El ser es el ser fuera de sí. El ser existe porque la nada le solicita esa gracia. El espíritu solo sufrió el velo al oír el desgarro.

El espíritu es testigo de que figuro solo al dios. Si me ausentara de mi nada, ¿en qué abismo caerías tú? Pero te encuentras en mí, en mí te verificas sin dulzura.

Que solo tus síntomas tengan autoridad sobre el espacio de los vestigios. Los trigos partieron a las trilladoras. La guadaña abre al cielo blanco el suelo negro, los aquenios bogan en las anfractuosidades de la tierra.

La moneda del álamo tintinea en la mesa del viento. Los estandartes de las vainas rozan con sus susurros de oro los rodrigones. ¿Quién es Yo? salvo un dolor que ya no lo quisiera.

Mi sombra prueba que obvio la luz. Una humareda azul entre los árboles prueba que el oficiante está a la obra. El viejo cura fusila el zorro de los bosques.

El tilo se tiende sobre la tela amarilla, la zarza está maculada de sangre. El cielo abierto sobre el abismo cenital de la palidez. Hoy te engendré.


Jean Grosjean, La Gloire, précédé de Apocalypse et Hiver, Gallimard, Paris, 2008.

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